EL ARTE COMO CURACIÓN DEL ALMA (EXTRACTO)

¿Puede la psicología explicar la obra de arte y hacerla comprensible? Y si puede, ¿cómo? ¿Reduciéndola a las vivencias personales, ilusiones, represiones o frustraciones del artista? Y en caso de que esto fuera afirmativo, ¿son los cuadros de Toulouse Lautrec sólo el reflejo de un acomplejado bebedor de absenta que se rodeaba de prostitutas o Cumbres borrascosas reduce su significado a la pobre vida sexual de las hermanas Brönte? ¿O tal vez se aclara mejor el mensaje artístico buscando las patologías que lo explicarían? Y entonces, ¿ser Kafka un neurótico depresivo o Camille Claudel una histérica o el talante obsesivo de Beethoven o el sufrimiento esquizofrénico de Hölderlin, nos ayudan a saber más sobre sus obras o sobre el arte en general? ¿Cuándo alguien se refiere a los condicionamientos educativos e ideológicos o al aprendizaje técnico y moral está haciendo más justicia a la obra de arte? Y si esto es cierto, ¿el puntillismo de Seurac, por ejemplo, se queda tan sólo en la influencia de las investigaciones sobre la percepción o la poesía de Teresa de Jesús o Juan de la Cruz responde sólo a la religiosidad de la época? ¿Son quizás las limitaciones físicas o la herencia genética o el coeficiente intelectual del autor o autora las claves de la obra artística? Y si la respuesta es afirmativa, ¿podemos deducir que la originalidad del Greco se debe únicamente a su problema visual o es necesario calcular el coeficiente intelectual de Mozart o de Leonardo da Vinci para comprender mejor sus obras?

Aún en caso de que sea cierto que el artista fuera verdaderamente un desadaptado, no todos los desadaptados son artistas: ni la sociopatía de Jean Genet es la clave de su poesía o de su teatro, ni la paranoia puede contar los cuentos de Stephen King, ni una crisis de identidad los escritos de Samuel Beckett. Pensar esto sería caer en un reduccionismo absurdo y totalmente inaceptable, sería igualar algo cualitativamente tan distinto como el trabajo artístico y una conducta enfermiza, porque «una obra de arte no es un síntoma, sino una genuina creación». El artista tiene una vida personal similar a la de todos los demás individuos de la especie, con todo lo que esto implica: defectos, limitaciones, trastornos psíquicos, complejos… pero es evidente que no todos los seres humanos llegan a ser artistas. ¿Qué les hace diferentes, entonces?

La distinción está en que el enfermo sufre la destrucción y paralización psíquica mientras que el artista es capaz de crear y recrear la vida y la realidad en su obra, aun cuando la moneda de cobro es también la destructividad, porque si bien Modigliani o Santiago Russinyol fueron unos adictos a los opiáceos o Adouls Huxley utilizó para colocarse el LSD o aunque Edgar Allan Poe fue alcohólico o Virginia Wolf se suicidó, sus conductas por sí mismas no explicarán nunca que hayan sido artistas, porque hay muchos drogadictos, alcohólicos y suicidas que nunca llegarán a serlo. Es más, soportar la carga emocional de un complejo autónomo siendo capaz de darle forma y expresarlo sin que por ello destruya la personalidad, vivir lo numinoso de algunas grandes obras sin sucumbir en la pérdida del yo, cuando la numinosidad del arquetipo se manifiesta desde el inconsciente con su fuerza atropelladora, es en sí ya toda una heroicidad.

Maria M. Domínguez, psicoanalista


Extraído del artículo Del arte como liberación al arte como curación y salvación del alma, publicado en la revista filosófica TAULA Quaderns de pensament núm. 38, Universitat Illes Balears, Palma de Mallorca 2004.

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